“El cielo y sus cambios ocurren a diario; la diferencia es contemplarlos o dejarlos pasar.”
-Diego Benéitez
Diego Benéitez, fiel a la constante observación del paisaje, ha querido expresarse en esta nueva serie creando una dimensión más sutil con una visión cargada de exquisito onirismo, acorde con su poética, pero con una intencionalidad terapéutica.

En las bahías de “Calma” se percibe una delicadeza que actúa como antídoto para contrarrestar la intoxicación de realidad de una sociedad, abrumada por la sucesión imparable de imágenes en medios digitales, cuyo origen proviene de la azarosa cotidianeidad de un mundo convulso. El artista contempla los paisajes, los retiene en su retina y los transfiere a la tela o a la tabla convirtiéndolos en espacios de paz, que comparte con el espectador, quien los recibe con anhelo de permanencia al sentirlos como hábitat emocional.
Benéitez, como observador constante y minucioso de los momentos de transición entre las horas del día, ejerce un perfecto dominio de su transcurso, marcado por la luz y el color, y captura a la perfección las tonalidades del atardecer y del amanecer en sus increíbles dípticos de transición de un mismo paisaje.

Los paisajes observados se convierten en soporte del reloj que marca el transcurrir de las horas con los colores de cada momento, envueltos en emociones y espacios de reflexión, que el artista traduce con su paleta al plasmarlos en el lienzo.
El acceso a la sala de exposición permite avanzar por las capas del tempo con la certeza de que la belleza limó las espinas y allanó el camino hacia un destino complaciente.

Se percibe en la galería un ambiente en el que el espectador se siente parte de un espacio de tertulia emocional silenciosa entre desconocidos, que comparten la misma calma, unidos por el hilo invisible que el artista otorga a sus piezas, convertidas en lugar de encuentro entre visitantes interactivos entre si.
En esta serie los horizontes se funden en una transición difusa, que induce al observador a un estado de duermevela con emociones confluyentes que no buscan su origen en el tiempo, sino un estado de bienestar momentáneo donde el recuerdo y el momento presente se identifican.

El proceso de creación de la obra me sugiere un mar sobre el que el artista surfea hasta extender en la superficie la última capa, que avanza acariciando la tela como el barrido de una ola casi imperceptible. El tándem abstracto-figurativo se manifiesta en un juego estético, que, a veces, parece favorecer a la abstracción; sin embargo, la figuración emerge, sin voluntad de empoderamiento, mostrando accidentes geográficos, que aportan contundencia, o arquitecturas difusas, sutilmente acariciadas por transparencias equiparables a neblinas que le aportan apacible calidez.
-María José Salazar